Knockin’ on heaven’s door

 
En la cartelera porteña de teatro, suelen aparecer obras (cada vez menos) que dan para más de un abordaje y, al mismo tiempo, producen sensaciones encontradas.

Tal es el caso de “La shikse” en la cual se toma una historia simple, de fácil reconocimiento y empatía, como es la de María, una empleada doméstica paraguaya. A partir de su estrecha relación con los Sucovsky, -familia para la cual trabaja- y teniendo en cuenta que estuvo presente en los hechos significativos de la misma, considera viable su conversión al judaísmo. Para tal fin, se presenta frente a un tribunal para que su petición sea considerada con la seriedad que amerita. María sabe bailar rikudim, hace knishes riquísimos y conoce lugares como el country, Miramar o Florianopolis. ¡Hasta pensó que su nombre pasaría a ser Malka, haciendo un bat mitzvá!
Este planteo permite la hilaridad por parte de la platea que se siente a sus anchas, sin saber que eso es la punta de un iceberg de planteos tan exactos como corrosivos, con mucho por analizar y reflexionar pero sin perder la sonrisa. Como en toda buena comedia ácida, las revelaciones salen en el lugar menos esperado y empieza a verse la otra cara de “la simpática familia” por la cual ella da todo.

Sebastián Kirszner plantea un “in your face” de fuerte ironía que pone sobre tablas a varias cuestiones como el machismo, la discriminación y las diferencias entre las clases sociales, tomando a algún sector de la colectividad judía para ilustrar la situación. La relación directa con el público rompe cualquier tipo de barrera que se quiera establecer frente a lo que acontece. Kirszner realiza una construcción de sentido constante en su dramaturgia la cual pone un discurso, en cierta medida, libertario en labios de María (o Malka). Siempre con un tono ameno y cercano, lejos de la solemnidad.

La forma en que María mezcla el guaraní con el hebreo o el idish es excelente, dando cuenta del gran trabajo de Kirszner en la concepción del texto en el que no dejo nada librado al azar. A partir de esta empatía creada, comienzan los guiños y las alusiones referidas a lo señalado como “fácilmente reconocible”. Estas particularidades no son simpáticas ni agradables, por más que se quieran ver de esa manera por parte de cierta parte de los espectadores. Es una ironía ideal para un serio replanteo general. Es un relato que puede mutar a un mohín de reflexión o una sonrisa reflexiva desplazando a la carcajada del principio. María quiere “pertenecer” -porque “pertenecer tiene sus privilegios” como diría la publicidad de una tarjeta de crédito- pero a partir de su amor a la familia que la adoptó. ¿La dejarán? ¿Podrá? ¿Cuáles son los requisitos para “pertenecer”? ¿Son acaso los que ella enumera a partir de lo que ha compartido con los Sucovsky? Las preguntas son tan acertadas como incomodas. Veremos quien tiene ganas de responderlas o si es más fácil adoptar la política del avestruz.

El trabajo de Mariela Kantor en el rol de María es excelente. Combina ternura, amor y cierta inocencia respecto a sus deseos pero en ningún momento cae en la caricaturización de sus propias características. Pero Kantor no está sola en el escenario. La acompañan Ignacio Goya y Sebastián Marino con la música en vivo que es parte fundamental de la puesta. La interpretación es de calidad. Tampoco nos podemos olvidar de la sutileza de la iluminación asi como de ese trono multiuso, coronado por la estrella de David en el que se sienta María. Desde allí, se crearán las más diversas imágenes y situaciones.

La gran duda es si el público que presencia el espectáculo, después de las risas y la complicidad que lo atraviesa, toma verdadera dimensión de lo que vieron. Todo surge de un deseo de reconocimiento y de identidad, establecido a partir del amor de María pero siempre –no olvidar esto- desde una relación de subordinación. Nótese el detalle del “flyer” o programa de mano, de la posición corporal de María y hacia donde mira. ¿Qué denota eso? Recordemos que el término que da nombre a la obra, es una forma por demás despectiva (en absoluto, graciosa) de llamar a la empleada, la cual ella misma ni nombra pero sabe de la existencia y significado de la misma. Es por esto que llama la atención el comportamiento de los espectadores. ¿Acaso después de ver la obra, cambiaran su proceder para con su personal doméstico? Ahí es donde, personalmente, me pongo un tanto más malvado al aseverar que el mensaje –pareciera- no se quiere comprender so pena de poner en discusión un prejuicio con el que se ha crecido como individuos. Términos ligados al “reconocimiento” y la “identidad” aparecen en un horizonte el cual es obviado adrede en pos de la salida fácil que brinda la risa.
También puede tomarse como un tiro por elevación a la otrora comunidad judía, pujante y llena de inquietudes, hoy en día, sumida en un mar de tibieza, conservadurismo y banalidad. Antes que me olvide, advierto que soy judío.....antes que algún/a sensible me acuse de antisemita.

Pero a no confundirse. No es una obra para “la cole” sino que se extiende a una sociedad con valores que no se condicen con los esbozados por María. Al fin y al cabo, es en ese punto donde también vale la pena la preocupación de donde se ubica uno y que hace para cambiar ese panorama.

Con un irresistible mix de inteligencia, humor e ironía, “La shikse” es de esos espectáculos indispensables para ver y reflexionar y van más allá de cualquier tipo de pertenencia, extendiéndose a la sociedad en aristas relacionadas a los vínculos, los deseos y las posibilidades de ser querido/a y/o aceptado/a .