Es vox populi que pertenecer tiene sus privilegios. Pero ¿a qué costo? ¿Cuál es la mirada de los otros sobre uno, en especial cuando esos otros son distintos de ese uno y viceversa? ¿Cómo se construye la identidad, la pertenencia a un grupo? ¿Cómo es ser parte, por así decirlo, de un entorno donde posiblemente encajásemos cual huésped en la cama de Procrustes? María (Mariela Kantor), una muchacha oriunda de Asunción, narra al público -devenido tribunal rabínico sin previo aviso- cómo fue que entró a trabajar como doméstica con la pudiente familia Sucovsky y cuánto ha hecho ella para llegar a ser… una Sucovsky.
Acompañada musicalmente por Ari (Sebastián Marino) y Li (Ignacio Goya), Kantor encarna impecablemente a una paraguayísima María -o Malka (“reina” en hebreo), como ella insiste en ser conocida de ahora en más, y que detalla al tribunal rabínico/público todos y cada uno de sus intentos de dejar de ser la shikse (“la chica no judía”): observancia de la Torá, rikkudim, velas de bat mitzvá, knishes de papa (compartidos, vale de por medio, con algunos espectadores) y otras cuestiones “de la cole”. María espera alcanzar el ciento por ciento de judaísmo requerido para que el tribunal rabínico/público le dé su visto bueno y la acepte como miembro pleno de la colectividad. De principio a fin, María/Malka procura por todos los medios que “no le falten cinco para el peso”… o que no le falte el cinco por ciento para el ciento por ciento de judaísmo.
Una amalgama ideal entre los tres artistas plantea con mucha genialidad esta cuestión de la identidad, del pertenecer -abordados en el debate posterior conducido por la licenciada Paula Ansaldo, investigadora teatral- y deja expuesto el dilema de ser o no aceptado en un grupo social: la paradoja de aquellos inmigrantes que son excluidos o incorporados a medias por otros grupos, fruto de inmigraciones anteriores en un país que tradicionalmente se ha enorgullecido de ser un crisol de razas. Viviana Aubele